Los campos de concentración que Franco abrió en los 50 para “reformar” al colectivo homosexual en Canarias

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Entre 1955 y 1966, un centenar de presos sufrieron todo tipo de torturas y vejaciones, en el periodo de represión franquista. Tefía se convirtió en el Auschwitz de Fuerteventura, debido a las condiciones de vida en las que se encontraban, momentos de terror e incertidumbre.

La Colonia Agrícola-Penitenciaria de Tefía, se estableció sobre terrenos pedregosos e improductivos donde los presos picaban piedra hasta la extenuación, sin descanso y ante la humillación constante por su orientación sexual. Además, recibían continuos maltratos por parte de los funcionarios.

Octavio García con tan solo 24 años vivió ese infierno como el dice y hoy es uno de los supervivientes. Fue acusado de homosexual,  lo que caía de lleno en la “causa de peligrosidad 2º de la ley de vagos y maleantes del 4 de agosto de 1933, y que se unía a la establecida por el régimen franquista del de 1954”. Este joven debía pasar entre un mínimo de un año y máximo de tres años, forzado a permanecer en una colonia, todo debido a una causa injusta y falsa. Octavio García pasó allí 16 meses.

En cuanto al infierno de Octavio, el ministerio fiscal pedía que no se pudiese relacionar con nadie y que estuviese incomunicado. Además, fue llevado directo  a la colonia sin un juicio previo. Octavio recuerda que los habitantes de la isla les miraban como si fuesen terroristas, eran tratados como ganado y les ponían en pleno sol para que estuviesen en evidencia.

Añadía que “Nos echaban un toldo y en un camión nos llevaron tapados para que no viéramos el camino si queríamos escaparnos”. “Vino un funcionario que le llamaban la Viga, un tío altísimo de un metro ochenta, que nos decía que éramos maricones y nos iba a quitar esa enfermedad y eso era una cosa nuestra, innata”, contaba Octavio.

Tenían una rutina de instrucción militar. “Nos levantaban a las seis de la mañana para hacer la cama; pero en aquel paraje no había cama, había petate a ras del suelo. Se escuchaba el viento por la noche con una manta muy fina y unos uniformes grises con los que nos identificaban los guardias”. “Estar allí tanto tiempo te estropea la mente. Aquello solo era cargar piedras y agua. Hombres de 80 kilos que llegaban a pesar treinta kilos y si te equivocabas en la marcha te daban con una fusta que los funcionarios llevaban en la mano. No teníamos agua corriente, nos obligaban a ducharnos con agua estancada y una vez a la semana”.

La organización y orden era controlada por un sacerdote vasco. Un sacerdote que era capaz de esconder las cartas de los familiares y tener durante más tiempo recluido a los presos. En 1966 se declaraba el cierre de la colonia, pero continuaron enviando a los homosexuales a la cárcel.

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